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Editorial
April 20, 1959
The Key West Citizen
Key West, Monroe County, Florida
What is this article about?
Satirical editorial by Raoul Alpizar Poyo mocking publicity-hungry individuals in Latin American communities who eagerly pose for photos and deliver unprepared, rambling speeches, contrasting them with classical orators like Demosthenes, Cicero, and Catiline.
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Good
Full Text
Por Raoul Alpizar Poyo
Hay por esos mundos del Señor,
un buen número de señores que se
pirran por obtener publicidad. Sa-
lir en el periódico, publicar sus fo-
tografías, hablar en público, aun-
que se despotrique de lo lindo.
Eso, estar en el candelero, como
calificar la voz popular a esas co-
sas, precisamente es lo que agrada
y enloquece a los tales tonterías
buscan.
Conocemos gentes sin valor al-
guno, ni en lo personal, ni en lo
público y mucho menos en lo cul-
tural y patriótico, que están siem-
pre prestas a situarse en primer
lugar frente a la cámara fotográfica,
para que su figurita sea la
primera que contemple el lector
cuando sea publicada la citada foto-
grafía.
Naturalmente, que en las peque-
ñas colectividades todos nos cono-
cemos y nos causa gracia ver la
premura con que acuden allí donde
haya fotógrafos, para no perder la
oportunidad de salir en la primera
plana de los diarios locales.
Como viejos periodistas que so-
mos, hemos tenido muchas ocas-
iones de reírnos a mandíbula ba-
tiente, al ver a esos "fotogénicos"
avanzar frente a la cámara, empu-
jando a los que estaban antes que
ellos situados, buscando el lugar
más perfecto para que el lente re-
cogiera su figura.
Otros, que presumen de oradores.
Que donde quiera que van, ya de
visita, o como transeúntes, buscan
la ocasión propicia de hacer uso
de la palabra. De exponer públicamente
su ignorancia, su falta de
cultura y su audacia, ya que no ti-
tubean en hablar frente a personas
que saben mucho más que él, pero
hay que hacer alardes de oratoria,
que muchas veces resultan alar-
des de ignorancia quintaesencia-
da.
Sabemos de muchos que se pir-
ran por escalar una tribuna. Que
comienzan una peroración, que es
casi un soliloquio y después de co-
menzada, no saben cómo terminar.
No encuentran la forma de dar por
terminada, lo que ellos suponen su
"oración" y hay que verlos dic-
iendo tonterías, moviéndose en la
tribuna, en un nerviosismo risible,
tratando de encontrar el final de
lo que comenzaron y que ahora se
les ha perdido por completo.
Es penoso que las personas, ya
de alguna edad, incurran en tales
desaciertos, propios de los esco-
lares, en días de exámenes o de
fiestas de graduación.
Estiman que es un gran honor
salir su nombre en la prensa
diaria. Suponen que con ello
ganan crédito, reputación y que
así aumentan sus probabilidades
de mejorar económicamente y
hasta de obtener votos, si alguna
vez se postulan.
Son unos tontos de capirote. Esti-
man que cualquiera puede hablar
en público, que es cosa fácil in-
teresar al auditorio, que es nada
difícil obtener el aplauso de las
multitudes y casi siempre, sufren
de grandes fracasos, en su intento
de interesar a los oyentes.
Nada hay tan difícil de lograr,
como el interés del auditorio que
nos escucha. Es cosa demasiado
fuerte para quien no está bien pre-
parado intelectualmente, terminar
un período en su oratoria, sin in-
currir en tonterías, ayunas de to-
do interés. Escalar una tribuna, lo
puede cualquier quidam, pero de
eso, a interesar a los oyentes, hay
una gran distancia. Esa distancia
es la que ignoran aquellos que
donde quiera que se encuentran,
aunque no venga el caso, endilgan
a los que les oyen una "monserga"
disparatada y carente hasta de
sentido común, en la mayoría de
las ocasiones.
En nuestra raza, abundan los
oradores. Cada ciudadano de
nuestra América latina, suele su-
ponerse un orador en potencia. Al-
gunos, ensayan los gestos gra-
duándolos frente al espejo. Tratan
así de hacerse más interesantes,
cuando hablan en público. Es in-
negable que muchos de los
grandes oradores que nos muestra
la literatura clásica, se dis-
tinguieron más por sus gestos tri-
bunicios, que por la elocuencia de
sus períodos. Demóstenes, por
ejemplo, fue el supremo maestro
de la oratoria. Sus discursos, son
todos ellos verdaderos modelos de
dicción, de elegancia y de cultura.
Cicerón fue también un excelente
polemista, más que un elocuente
orador. Catilina, se hizo famoso
por sus peroraciones intermin-
ables, a las que la posteridad ha
llamado "catilinarias" y que se
parecen en parte, a muchos de los
oradores de esta hora, que cuando
comienzan a hablar, no tienen en
cuenta la paciencia del auditorio,
ni el correr del reloj, ni el can-
sancio del público.
Hemos tenido ocasión de sopor-
tar a algunos "habladores," que
estiman, en su desconocimiento
de las reglas del buen decir, que
gesticulando como simios, dando
gritos fortísimos, es como el
público aplaude. Una oratoria,
que pretende ser demagógica,
pero que en el fondo, es una verda-
dera lata insoportable, por su
extensión y por la repetición de
conceptos en que incurren los que
no poseen el dominio de la idea y
de la palabra. Otros hay, que es-
tán hablando tres y cuatro horas
y saben mantener el interés del
auditorio, saben interesar a las
multitudes que les aplausen frene-
ticamente. Pero esa facultad, solo
la tienen muy pocas personas. Ese
Hay por esos mundos del Señor,
un buen número de señores que se
pirran por obtener publicidad. Sa-
lir en el periódico, publicar sus fo-
tografías, hablar en público, aun-
que se despotrique de lo lindo.
Eso, estar en el candelero, como
calificar la voz popular a esas co-
sas, precisamente es lo que agrada
y enloquece a los tales tonterías
buscan.
Conocemos gentes sin valor al-
guno, ni en lo personal, ni en lo
público y mucho menos en lo cul-
tural y patriótico, que están siem-
pre prestas a situarse en primer
lugar frente a la cámara fotográfica,
para que su figurita sea la
primera que contemple el lector
cuando sea publicada la citada foto-
grafía.
Naturalmente, que en las peque-
ñas colectividades todos nos cono-
cemos y nos causa gracia ver la
premura con que acuden allí donde
haya fotógrafos, para no perder la
oportunidad de salir en la primera
plana de los diarios locales.
Como viejos periodistas que so-
mos, hemos tenido muchas ocas-
iones de reírnos a mandíbula ba-
tiente, al ver a esos "fotogénicos"
avanzar frente a la cámara, empu-
jando a los que estaban antes que
ellos situados, buscando el lugar
más perfecto para que el lente re-
cogiera su figura.
Otros, que presumen de oradores.
Que donde quiera que van, ya de
visita, o como transeúntes, buscan
la ocasión propicia de hacer uso
de la palabra. De exponer públicamente
su ignorancia, su falta de
cultura y su audacia, ya que no ti-
tubean en hablar frente a personas
que saben mucho más que él, pero
hay que hacer alardes de oratoria,
que muchas veces resultan alar-
des de ignorancia quintaesencia-
da.
Sabemos de muchos que se pir-
ran por escalar una tribuna. Que
comienzan una peroración, que es
casi un soliloquio y después de co-
menzada, no saben cómo terminar.
No encuentran la forma de dar por
terminada, lo que ellos suponen su
"oración" y hay que verlos dic-
iendo tonterías, moviéndose en la
tribuna, en un nerviosismo risible,
tratando de encontrar el final de
lo que comenzaron y que ahora se
les ha perdido por completo.
Es penoso que las personas, ya
de alguna edad, incurran en tales
desaciertos, propios de los esco-
lares, en días de exámenes o de
fiestas de graduación.
Estiman que es un gran honor
salir su nombre en la prensa
diaria. Suponen que con ello
ganan crédito, reputación y que
así aumentan sus probabilidades
de mejorar económicamente y
hasta de obtener votos, si alguna
vez se postulan.
Son unos tontos de capirote. Esti-
man que cualquiera puede hablar
en público, que es cosa fácil in-
teresar al auditorio, que es nada
difícil obtener el aplauso de las
multitudes y casi siempre, sufren
de grandes fracasos, en su intento
de interesar a los oyentes.
Nada hay tan difícil de lograr,
como el interés del auditorio que
nos escucha. Es cosa demasiado
fuerte para quien no está bien pre-
parado intelectualmente, terminar
un período en su oratoria, sin in-
currir en tonterías, ayunas de to-
do interés. Escalar una tribuna, lo
puede cualquier quidam, pero de
eso, a interesar a los oyentes, hay
una gran distancia. Esa distancia
es la que ignoran aquellos que
donde quiera que se encuentran,
aunque no venga el caso, endilgan
a los que les oyen una "monserga"
disparatada y carente hasta de
sentido común, en la mayoría de
las ocasiones.
En nuestra raza, abundan los
oradores. Cada ciudadano de
nuestra América latina, suele su-
ponerse un orador en potencia. Al-
gunos, ensayan los gestos gra-
duándolos frente al espejo. Tratan
así de hacerse más interesantes,
cuando hablan en público. Es in-
negable que muchos de los
grandes oradores que nos muestra
la literatura clásica, se dis-
tinguieron más por sus gestos tri-
bunicios, que por la elocuencia de
sus períodos. Demóstenes, por
ejemplo, fue el supremo maestro
de la oratoria. Sus discursos, son
todos ellos verdaderos modelos de
dicción, de elegancia y de cultura.
Cicerón fue también un excelente
polemista, más que un elocuente
orador. Catilina, se hizo famoso
por sus peroraciones intermin-
ables, a las que la posteridad ha
llamado "catilinarias" y que se
parecen en parte, a muchos de los
oradores de esta hora, que cuando
comienzan a hablar, no tienen en
cuenta la paciencia del auditorio,
ni el correr del reloj, ni el can-
sancio del público.
Hemos tenido ocasión de sopor-
tar a algunos "habladores," que
estiman, en su desconocimiento
de las reglas del buen decir, que
gesticulando como simios, dando
gritos fortísimos, es como el
público aplaude. Una oratoria,
que pretende ser demagógica,
pero que en el fondo, es una verda-
dera lata insoportable, por su
extensión y por la repetición de
conceptos en que incurren los que
no poseen el dominio de la idea y
de la palabra. Otros hay, que es-
tán hablando tres y cuatro horas
y saben mantener el interés del
auditorio, saben interesar a las
multitudes que les aplausen frene-
ticamente. Pero esa facultad, solo
la tienen muy pocas personas. Ese
What sub-type of article is it?
Satire
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Publicity Seekers
Poor Orators
Satire On Fame
Latin American Society
Classical Oratory
What entities or persons were involved?
Demóstenes
Cicerón
Catilina
Editorial Details
Primary Topic
Critique Of Publicity Seekers And Incompetent Orators
Stance / Tone
Satirical Mockery
Key Figures
Demóstenes
Cicerón
Catilina
Key Arguments
People Without Talent Seek Publicity Through Photos And Speeches
In Small Communities, Eagerness For Fame Is Amusing And Obvious
Poor Orators Ramble Ignorantly, Embarrassing Themselves
True Oratory Requires Preparation And Skill, Not Just Boldness
Classical Orators Like Demosthenes Excelled In Eloquence, Unlike Modern Pretenders